domingo, septiembre 21, 2008

EL ÚNICO Y SABIO DIOS.

CLAVES PARA LA FELICIDAD
IX PARTE

Pastor Iván Tapia

Lectura Bíblica: San Judas 24,25

Propósitos de la Charla: a) Comprender que sólo Dios tiene los atributos necesarios para darnos la felicidad; b) Tener una visión global de lo que Dios nos presenta como “felicidad” para el hombre en la vida terrena y eterna.

“Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, / al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.” (San Judas 24-25)

San Judas Tadeo nació en Caná de Galilea, era agricultor. Su padre fue Alfeo Cleofás, hermano de San José y su madre María Antera, prima hermana de la madre de Jesús. Tuvo cuatro hermanos: Santiago el Menor, apóstol; José llamado el Justo; Simón, Obispo de Jerusalén y María Salomé, madre de Santiago el Mayor y de San Juan Evangelista. Judas tomó el sobrenombre de Tadeo -que significa "valiente"- para distinguirse de Judas Iscariote.

El reservado y paciente agrónomo, al escuchar la palabra de Jesús, dejó su trabajo para integrarse a la legión de discípulos del Mesías, convirtiéndose en uno de sus apóstoles; siendo el más grande y fervoroso predicador de la doctrina del Maestro. El Señor lo eligió como apóstol, y después de Pentecostés, Judas se dedicó con afán a la predicación del Evangelio.

En la noche de la Última Cena le preguntó a Jesús: "¿Por qué revelas tus secretos a nosotros y no al mundo?". Jesús le respondió que esto se debía a que ellos lo amaban a Él y cumplían sus mandatos y que a quien lo ama y obedece, vienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y forman habitación en su alma (San Juan 14:22).

San Judas fue a predicar a la Mesopotamia y Libia. Llevó el mensaje mesiánico hacia las regiones de Galilea, Judea, Asia, Egipto, Eúfrates, Tigris, Libia, Samaria, Edesa y Babilonia, llegando hasta los confines de Siria y Persia. En su paso por estos lugares sufrió crueles persecuciones, más ello no lo detuvo para realizar numerosos prodigios y con su prédica transformó cientos de personas al cristianismo, entre ellos al Rey Acab de Babilonia.

Simón y Judas, apóstoles, después de haber recorrido diversos países durante casi treinta años, decidieron ir a Persia, donde fundaron y formaron Iglesias o comunidades cristianas, una de las cuales fue la de Babilonia. Transitando por numerosos caminos con su hermano Simón, llegó a Persia donde todas las mujeres eran iguales "madre, tía, hermanas, sobrinas"; los muertos eran llevados a los bosques para que fueran devorados por los animales, entre otros tratos y actos que atentaban contra los valores morales y cristianos. San Judas recorrió todo el territorio, predicó corrigiendo todos los vicios y errores, logrando convertirlos a todos, los cien mil habitantes; bautizó e hizo matrimonios masivos. Con la ayuda de todos levantó capillas donde el pueblo iba a orar y a escuchar el Sermón de los Apóstoles; hizo que enterrasen a sus muertos y todos lograsen vivir felices cumpliendo con la Ley de Dios y los principios cristianos. Al enterarse del martirio de Santiago el Menor, el año 62 d.C. se encaminaron a Jerusalén donde San Simón fue elegido como nuevo obispo.

Estos actos de San Judas Tadeo, entregado a un pueblo especialmente reconocido por sus propias experiencias y conocimiento, hizo que los idólatras desairados y habiendo perdido credibilidad, decidieran adelantárseles a los Apóstoles en su peregrinaje a la próxima ciudad, Suamir; allí mal informaron al pueblo diciéndoles que habían llegado dos extranjeros que estaban quitando el culto a los dioses y que debían morir. Más tarde ambos apóstoles se dirigieron nuevamente a Persia y sufrieron el martirio. Al llegar los Apóstoles fueron recibidos con gritos hostiles, maltratados sin misericordia y apresados, siendo conducidos al templo para que adorasen al Sol y la Luna. Fueron abandonados en el santuario, encadenados hasta el nuevo día en que los sentenciaron a muerte; fuera de la ciudad San Simón fue muerto con golpes de mazo en la cabeza y aserrándolo por medio y a San Judas lo decapitaron con un hacha. Esto sucedió aproximadamente el año 107 d.C., a inicios del siglo II d.C.

Se encuentra escrito en crónicas de la época testimonios señalando que, en el momento en que murieron hubo un fuerte temblor, se cayó el templo de adoración al Sol y la Luna, y quedó destruido el altar de los ídolos, huyendo todos los agresores aterrorizados. Al saber la noticia el Rey Acab llegó con sus soldados y recogió los cuerpos, llevándolos a Babilonia. Cuando los mahometanos se apoderaron de Persia, sus restos fueron llevados a Roma. Existe la creencia de que el Papa León III, después de haber coronado emperador a Carlo Magno en el año 800 se los donó, siendo conducidos sus restos a la Basílica de San Saturnino de Tolosa, Francia, luego de su descubrimiento en 1511.

Como a San Simón lo mataron aserrándolo por medio y a San Judas Tadeo cortándole la cabeza de un hachazo, al primero lo pintan con una sierra y a Judas Tadeo con un hacha en la mano.

LA CARTA DE SAN JUDAS.
San Judas Tadeo escribió una Carta que está en la Biblia, en la cual ataca a los gnósticos y dice que los que tienen fe pero no hacen obras buenas son como nubes que no tienen agua, árboles sin fruto, y olas con sólo espumas, y que los que se dedican a la fornicación o pecados de impureza y a hacer actos contrarios a la naturaleza, como los actos homosexuales, sufrirán la pena de un fuego eterno (San Judas 7).

La carta de San Judas pertenece al género literario llamado "controversia" y tiene un carácter abiertamente polémico y contiene abundantes elementos de la tradición apocalíptica judía. Es un escrito cuya misión fundamental es el combatir las ideas de la secta llamada de los "gnósticos", los cuales afirmaban que eran personas muy espirituales y estaban "por encima" de toda norma moral, por lo que llevaban una vida sexualmente desenfrenada. Su orgullo los hacía creer que vivían muy unidos a Dios, a pesar de negar a Jesús como el Mesías. Su posición era la consecuencia del "dualismo", pues separaban de forma radical el cuerpo del alma, afirmando que Dios sólo se ocupaba de lo espiritual, quedando el cuerpo al arbitrio del hombre. Leyendo esta carta nos encontramos que el autor apoya su argumentación en libros "apócrifos" tales como "La ascensión de Moisés" y el Apocalipsis de Henoc. En esa época todavía la Iglesia no había establecido el canon, es decir cuáles eran los libros inspirados pertenecientes al Nuevo Testamento.

La intención básica de la carta es animar a los creyentes a mantenerse firmes en la fe recibida de los apóstoles y a no ceder ante la seducción que puedan ejercer ciertos "falsos" maestros de la fe. Para ello evoca una serie de ejemplos típicos recogidos de la tradición judía y pone en guardia a los cristianos ante la posibilidad de que también ellos puedan ser objeto de castigos semejantes. Es lo que les sucederá si no se mantienen fieles a la doctrina recibida y se comporten libertinamente. En su carta, San Judas aconseja que no seamos del grupo de los que son murmuradores, descontentos de su suerte y que viven según sus pasiones y emplean palabras indebidas. Y termina su carta con esta bella oración: "Sea gloria eterna a Nuestro Señor Jesucristo, que es capaz de conservarnos libres de pecados, y sin mancha en el alma y con gran alegría".

El apóstol Judas Tadeo ¿habrá sido un hombre feliz? Si midiéramos la “felicidad” basados en los placeres que una persona tiene, los éxitos materiales y una vida fácil, indudablemente diríamos que no. Mas nuestro personaje miraba la vida desde otra óptica, desde el punto de vista de Dios y de la promesa que Jesús le había hecho, que juzgaría a su pueblo con Él, si se conservaba fiel. “Y Jesús les dijo: De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.” (San Mateo 19:28). La felicidad de Judas, el “valiente”, era seguir a su Señor y Maestro hasta la muerte. ¿Es esta su felicidad también?

¿ES USTED FELIZ?
Si hiciéramos a un grupo de personas esta pregunta probablemente responderían “No, porque…” y todos tendrían una razón para decir que las cosas en su vida no son perfectas, como porque: no tengo casa propia, mi marido me abandonó por otra mujer, mis hijos se fueron a otro país, estoy sin trabajo, no terminé mis estudios, estoy en un trabajo que no me agrada, sufro una enfermedad crónica, soy ciego, todavía no me sale la pensión de vejez, no estoy conforme con mi esposa, no he vendido bien mi último trabajo, etc. etc. Cada persona puede tener una y más razones para declarar que no es feliz. Es que pensamos que la felicidad radica en lo que tenemos y deseamos que la vida sea perfecta en todos los planos. Cualquier carencia ensucia ese concepto de perfección que damos a la palabra “felicidad”.

En esta serie hemos estado estudiando el punto de vista bíblico de la felicidad. La Escritura es muy clara: la felicidad está en encontrarse con Jesucristo, creer y aceptar el Evangelio y vivir de acuerdo a lo que nos enseña. La felicidad no es una satisfacción para vivir durante los cortos años de vida en esta tierra sino que para experimentarse durante toda la eternidad. La vida comienza con el nacimiento del hombre y nunca termina; el ser humano tiene vida eterna. ¿Qué significa que Jesús nos da la “vida” eterna? Que nos otorga la salvación, la “vida” que viene de Dios. Lo contrario de esa “vida” es la “muerte” eterna en el lago de fuego (Apocalipsis 20:15)

SIGNIFICADO DE “FELICIDAD”.
La palabra “felicidad” en nuestro idioma deriva del latín felicĭtas, -ātis; y significa un estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien. También se refiere a satisfacción, gusto, contento. Incluso se ocupa para designar una acción, como suerte feliz o viajar con felicidad.

Analizando la palabra podemos percatarnos cuan ligada está para nosotros la felicidad a la “posesión de un bien.” No concebimos felicidad sin tener cosas. Desde este punto de vista el cristiano puede ser perfectamente una persona feliz porque posee “cosas” que aunque no son palpables o aún se tienen en esperanza, no por eso son menos reales que las cosas concretas. Reflexionemos entonces: ¿En qué se sustenta mi felicidad? ¿En que poseo todo lo que necesito y no carezco de nada, o en que poseo a Jesucristo? Si usted tiene a Jesús en su corazón, lo tiene todo porque tiene al Creador de todas las cosas. La palabra “felicidad” siempre se usa para referirse a satisfacción, gusto, contento. Nuestra mayor satisfacción es conocer a Cristo y tener la salvación. El mayor gusto es alabarle y adorarle. Nuestro contento es ser eternamente propiedad de Dios. En conclusión podemos decir que tenemos una “vida feliz”.

En verdad la felicidad es una actitud. Podríamos entrevistar a dos pobres, uno es cristiano y el otro incrédulo. A ambos le haremos la misma pregunta inicial ¿Es usted feliz? La respuesta de cada uno será diferente. El primero dirá “Sí, porque tengo a mi Señor, soy la criatura más rica del mundo”. El segundo dirá “No, porque vivo la injusticia de un mundo en que los ricos y políticos tienen sumida en la pobreza a la clase obrera”. Al parecer nuestro último entrevistado tiene una formación política. ¿Cómo es posible que dos personas frente a una misma realidad tengan visiones diferentes? Porque ambas tienen puntos de vista distintos. El punto de vista cristiano se basa en una interpretación espiritual de la vida. Si nosotros como cristianos seguimos teniendo la interpretación que el mundo da a la realidad, jamás experimentaremos la “felicidad” según Cristo.

BUENOS PENSAMIENTOS.
Thomas Chalmers, ministro presbiteriano, teólogo, escritor y reformador (1780-1847) pensaba que “la dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar.” Tener una vida con propósito, como se dice hoy día, pareciera ser otra clave de la felicidad. Quien no tiene sentido de vida experimentará depresiones y vacío en su alma. La Palabra de Dios nos da un sentido de vida al mostrarnos una puerta, un camino y una meta en la vida.

El escritor norteamericano Henry Van Dyke (1852-1933) pensaba que “la felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos.” La felicidad es una actitud y no algo externo, no es una acción sino una disposición. Puede haber dos presos en la cárcel, ambos con el mismo delito y la misma condena, sin embargo uno es creyente y el otro no. El cristiano dirá que es feliz porque ahora tiene la libertad que Jesucristo le ha dado y puede hablar a otros de Jesús: al gendarme, a otros reos, a su familia que le visita. En cambio el incrédulo acumulará cada día más odio contra la sociedad que le castiga y contra Dios que permite que le suceda aquello. Nuestra felicidad no depende de circunstancias sino de convicciones.

El maravilloso escritor ruso León Tolstoi (1828-1910) escribió “mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo.” El contentamiento es una virtud propia del hombre que vive feliz. No hay felicidad sin contentamiento.

Todos estos pensamientos son de hombres sabios y útiles para acercarnos al concepto de felicidad, pero como ella es más que una idea una práctica, requerimos capacitarnos para adquirirla o conquistarla. ¿Cómo lo haremos? ¿Es el ser humano capaz de lograrlo o requerirá de otro elemento, ajeno a él, para lograrlo?

¿DÓNDE BUSCARLA?
La Biblia, al contrario de la Filosofía, siempre nos está indicando fuera de nosotros. Pareciera que un libro espiritual y Sagrado debería mostrarnos un camino interior o de “espiritualidad” como solución a nuestro problema de ser felices, sin embargo nos indica hacia algo que está fuera de nuestro ser, más bien dicho hacia Alguien. Nos dice, por ejemplo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre si no es por mí” (San Juan 14:6); “Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5); “Volveos a mí y sed salvos, todos los términos de la tierra; porque yo soy Dios, y no hay ningún otro” (Isaías 45:22). La felicidad se encuentra en Dios, un Salvador y Señor que viene a habitar dentro del ser humano, salvarle, sanarle, ordenar su vida y prepararlo para las eras venideras.

En los versículos finales de la epístola de San Judas, que conforman una “doxología” o glorificación de Dios, el Espíritu Santo quiere transmitirnos un mensaje muy claro: que sólo Dios podrá presentarnos limpios y con gran alegría ante Su Presencia. Porque Él es Único, Sabio, Salvador, y tiene toda autoridad eternamente. El tema central de este versículo es la absoluta confianza en Dios para llevarnos hasta el final del camino que Dios ha trazado para nosotros. Podemos afirmar, basados en la doxología de la carta de San Judas, que:

Sólo Dios tiene los atributos necesarios para darnos la felicidad.

Nadie, ni nosotros mismos poseemos los atributos necesarios para llegar a la Presencia de Dios. La vida cristiana requiere de Uno que sí es capaz de ayudarnos y conducirnos hacia la vida en las edades futuras, es decir el “milenio” y la “vida eterna”.

1. Sólo Dios puede guardarnos del mal.
“Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída”
Sólo Jesucristo puede guardarnos de caer en pecado. Ciertamente cada persona es responsable de su propio pecado, mas por el hecho de estar en naturaleza caída, es muy probable que no seamos capaces de enfrentar el mal y necesitemos de una fuerza superior que nos ayude. El Espíritu Santo nos da fuerzas para vencer el mal. Una de Sus capacidades y función es potenciarnos y revestirnos de poder (Hechos 1:8) para vencer el mal. “ He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.” (San Lucas 24:49)

“Y a aquel que es poderoso”
Alguien puede ser muy fuerte de carácter e imponerse a los demás, incluso puede ser un líder pero ello no garantiza que será capaz de sobreponerse a sí mismo. Tenemos una lucha contra nuestra carne, contra nuestras pasiones y debilidades. También luchamos contra las tentaciones del mundo y contra las tinieblas. Lo nuestro es una verdadera guerra espiritual. Solamente Jesucristo nos da el poder para vencer. Él nos ha revestido con una armadura, la cual es preciso utilizar. Si no la usamos es sólo por rebeldía e ignorancia (Efesios 6:10-18). Pero también nos ha dado una herramienta para ser felices, “el gozo del Señor” “Luego les dijo: Id, comed grosuras, y bebed vino dulce, y enviad porciones a los que no tienen nada preparado; porque día santo es a nuestro Señor; no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza. / Los levitas, pues, hacían callar a todo el pueblo, diciendo: Callad, porque es día santo, y no os entristezcáis. / Y todo el pueblo se fue a comer y a beber, y a obsequiar porciones, y a gozar de grande alegría, porque habían entendido las palabras que les habían enseñado.” (Nehemías 8.10-12)

“… para guardaros sin caída”
Es muy necesario guardarse del pecado, por varias razones:
a) Para no ofender a nuestro Padre Celestial, a quien amamos.
b) Para tener un testimonio coherente con nuestras palabras y pensamientos, y así ser bienaventurados.
c) Para no corrompernos y deteriorarnos espiritualmente, sino crecer a la estatura de Cristo, nuestro Modelo. Sólo así alcanzaremos la meta de ser como Jesús.
d) Para obtener la “recompensa” y reinar con Cristo en el milenio.

“… aquel que es poderoso”
Sólo el Señor Jesucristo puede presentarnos sin mancha delante de Dios, porque Él murió por nosotros y lavó nuestros pecados.

2. Sólo Dios puede santificarnos.
“… y presentaros sin mancha”
Los pecados son manchas en nuestra alma. El trabajo de Jesucristo es limpiar el pecado de Su Iglesia. “a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.” (Efesios 5:27)

El alma se mancha con malos pensamientos, con culpas, con sentimientos negativos. Sólo el Señor, a través de nuestro reconocimiento y confesión de pecados, puede limpiarnos y hacernos agradables a Él por medio de los méritos de Su sangre.

“… y presentaros sin mancha delante de su gloria…”
Nuestra alma, como cristianos, deberá presentarse ante el Tribunal de Cristo para rendir cuentas de nuestras obras. “Mas tú ¿por qué juzgas á tu hermano? ó tú también, ¿por qué menosprecias á tu hermano? porque todos hemos de estar ante el tribunal de Cristo” (Romanos 14:10) “Porque es menester que todos nosotros parezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que hubiere hecho por medio del cuerpo, ora sea bueno ó malo.” (2 Corintios 5:10)

3. Sólo Dios puede brindarnos gran alegría.
“… presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría”
¿Cuál podrá ser la “gran alegría” de la que habla San Judas en este texto? “Has amado la justicia y aborrecido la maldad; Por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo, Con óleo de alegría más que a tus compañeros.” (Salmo 45.7) Los cristianos tendremos gozo perpetuo como corona, “Y los redimidos de Jehová volverán, y vendrán a Sion con alegría; y gozo perpetuo será sobre sus cabezas; y tendrán gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido.” (Isaías 35:10) San Judas se refiere a la alegría que habrá en el cielo cuando estemos para siempre con Dios. Esta es la clave de la felicidad, “Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra. / Servid a Jehová con alegría; Venid ante su presencia con regocijo.” (Salmo 100:1,2)

La mayor alegría o felicidad del ser humano es la eterna salvación de su alma, agradar a Dios y estar para siempre con Él. ¿Desea usted agradar al Señor y estar siempre con Él? ¿O usted dice “no importa si no estoy en el milenio con Él pues luego pasaré una eternidad en Su Presencia”? Eso sería amar muy poco a nuestro Padre Celestial. No sólo regocíjese con la “salvación” que Él le ha regalado, sino que también busque la “recompensa” que ha prometido a los bienaventurados.

La palabra “felicidad” habla acerca de un estado del ánimo de complacencia, satisfacción, gusto, contento, suerte. Para muchos decir “feliz” es decir alegre, contento, gozoso. Si tenemos en cuenta que una emoción es la expresión de un sentimiento, la felicidad sería el sentimiento o la actitud que se esconde bajo la alegría y el gozo. Tomemos por ejemplo el llanto de un niño menor de dos años; es la expresión o el modo de comunicar un bebé su malestar, ya sea este hambre, dolor de estómago u otra desazón. El llanto es la forma de comunicar su sentimiento. El salto y el grito de “¡gol!” de un hincha en el estadio es la expresión corporal y audible de un sentimiento de alegría por la victoria del equipo. Las lágrimas que un padre o una madre derrama en la ceremonia de graduación de su hija universitaria, son la expresión emocional de un sentimiento más profundo, la satisfacción de haber logrado una meta, luego de mucho esfuerzo. La emoción es de carácter más visceral, corporal, visible. El sentimiento es más abstracto y subjetivo. Así la felicidad sería la explicación de muchas emociones objetivas, como la alegría y la exaltación en la alabanza a Dios.

Las emociones más frecuentes en la persona que es feliz son la alegría, el gozo, el deleite, el regocijo, la risa. Aún cuando no necesariamente se exprese en emociones tan vibrantes, son parte de la felicidad cristiana la alegría y el gozo.

La alegría es un sentimiento grato y vivo que suele manifestarse con signos exteriores. Se llama también alegría a las palabras, gestos o actos con que se expresa el júbilo. El gozo en cambio deriva del latín gaudĭum y es el “sentimiento” de complacencia en la posesión, recuerdo o esperanza de bienes o cosas apetecibles. El gozo es alegría del ánimo. Creemos que cuando la Biblia designa algo como gozo se está refiriendo al sentimiento más profundo y cuando dice alegría es para nombrar una acción o emoción visible.

4. Sólo Dios tiene los atributos necesarios para darnos la felicidad.
“al único … Dios…”
Una de las características de Dios es que es Único. No hay otro Dios. No es que exista un dios de los hindúes, un dios de los chinos, uno o muchos dioses de los polinésicos, sino que hay un solo Dios. Los demás son ídolos o imitaciones de Dios.

Existe un solo Dios. “Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre" (1 Timoteo 2:5)

“ al único y sabio Dios…”
El apóstol Santiago establece las diferencias entre la sabiduría Divina y la sabiduría humana: “13 ¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. 14 Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; 15 porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. 16 Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. 17 Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. 18 Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz.” (Santiago 3:13-18) La sabiduría humana 1. Está asociada a celos amargos y contención en el corazón; 2. Es jactanciosa; 3. Es mentirosa; 4. Es animal y diabólica; 5. Es contenciosa. La sabiduría Divina: 1. Se cumple en la acción, es coherente; 2. Se presenta con mansedumbre; 3. Es pura, pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía; 4. Es pacífica.

“… nuestro Salvador…”
Jesucristo es nuestro Salvador. Nos salvó de la condenación eterna y de vivir lejos de Dios. Nos salvó de vivir infelices, sin gozo en nuestro corazón.

“… sea gloria…”
Gloria es “éxito”. Los ejércitos cuando ganan la batalla vuelven gloriosos. Se llama gloria también a la Presencia de Dios, porque en Él todo es victoria, no hay derrota en Dios. Jesucristo es un Vencedor; Él venció a la vieja naturaleza humana, al mundo y a Satanás, por nosotros, en su vida, pasión, muerte y resurrección. San Juan testifica: “Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos.” (Apocalipsis 5:5). La gloria Divina es pura, sin contaminación. En cambio la gloria humana siempre lleva algo de orgullo y es peligrosa.

“…sea gloria y majestad…”
A los reyes se les trata de “majestad”. Algo majestuoso es algo muy grande, que está sobre uno. El diccionario la define como “Grandeza, superioridad y autoridad sobre otros.” Se da ese título o tratamiento a Dios, y también a emperadores y reyes.

“…sea gloria y majestad, imperio”
Un imperio es un gobierno que cubre vastas extensiones de tierras y culturas. Llamase a un conjunto de estados regidos por un emperador. Jesucristo es Emperador por cuanto regirá a todas las naciones durante el milenio y por la eternidad.

“…sea… imperio y potencia…”
El poder o potencia de Dios en la creación se demuestra por su existencia y por la salvación que ha realizado en muchos seres humanos.

“al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.” (San Judas 24-25)
El apóstol San Judas Tadeo dirige estas palabras al término de su carta, a modo de bendición y reconocimiento de Dios. También para recordarnos en quien hemos creído: un Dios Todopoderoso; un Dios Santo y Santificador; un Dios con un propósito: presentarnos sin mancha delante de Su gloria con gran alegría; un Dios Único y Sabio Dios; un Dios Salvador; victorioso, majestuoso, de gran autoridad y poder; y Eterno.

El texto es una doxología. Del griego doxol y logos. En el mundo griego, doxa significaba opinión. Pasa a expresar la objetividad absoluta, la realidad de Dios, su gloria. La palabra “gloria" expresa realmente todas las manifestaciones de Dios en la historia de la salvación, desde la creación hasta la parusía. “Doxología" se usa para indicar la propiedad de dar gloria a Dios que debe tener el lenguaje teológico para ser auténtico. En el lenguaje de la liturgia indica la oración de alabanza dirigida a Dios. La gran doxología es el himno del Gloria, un himno antiquísimo y venerable con el que la Iglesia, reunida en el Espíritu Santo, glorifica y suplica a Dios Padre y al Cordero.

Es algo más que una formalidad esta doxología. Tiene un propósito formativo y de confirmación en la fe.

¿En quién se centra la glorificación de San Judas al término de la carta? La glorificación que San Judas hace al término de su epístola, está centrada en Dios que, por medio de Su Espíritu Santo nos guardará del pecado. Declara la autoridad de Jesucristo y reconoce a un Dios eterno.

CONCLUSIÓN.
En esta serie sobre la Felicidad hemos aprendido nueve claves para hallarla, a saber que:

1. Necesitamos aprender la Sabiduría de Dios para ser felices. Esto nos lo enseñó el sabio Salomón.
“El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. / Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.” (Eclesiastés 12:13,14)

2. Necesitamos comprender y caminar con la esperanza de los hijos de Dios, que es saber que un día será manifestada nuestra verdadera naturaleza, hemos nacido de nuevo. El apóstol San Juan se encargó de enseñarnoslo.
“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. / Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.” (1 Juan 3:2,3).

3. Necesitamos aprender y aplicar la justicia de Dios, relacionándonos con Él por medio de la fe. Fue una enseñanza de San Pablo.
“y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; / a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (Filipenses 3:9,10)

4. Necesitamos confiar plenamente en Dios, sin envidiar al mundo; edificar nuestra vida sobre la roca que es la Verdad de Dios. El salmista Asaf se encargó de transmitirnos esta experiencia.
“Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.” (Salmo 73:26)

5. Necesitamos conocer completamente la Revelación del Señor tocante al fin de los tiempos y vivir confiados en esa esperanza. Es lo que enseña San Juan el Teólogo en Apocalipsis.
“Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. /…/ Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años.” (Apocalipsis 20:1,4)

6. Necesitamos tener la certeza de que nuestros nombres están inscritos en el Libro de la Vida y vivir la vida cristiana con esta convicción. Otra enseñanza de Apocalipsis.
“ Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. / … / Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.” (Apocalipsis 20:12,15)

7. Necesitamos ser victoriosos en Cristo, venciendo a nuestra carne, al mundo y al diablo. Lo demanda el Espíritu Santo en el libro de la Revelación.
“El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo.” (Apocalipsis 21:7)

8. Necesitamos saber y practicar los valores del Reino de Dios declarados en las bienaventuranzas y así obtendremos nuestro galardón en el milenio. Una de las más hermosas enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo (San Mateo 5:1-12)

9. Necesitamos aprender que sólo Dios tiene los atributos necesarios para darnos la felicidad. Nos lo enseña el apóstol San Judas. La última y principal clave para la felicidad es Dios mismo, el Único y Sabio Dios. (San Judas 24-25)


PARA REFLEXIONAR:
1) Medite a la luz de la enseñanza sobre la felicidad, los siguientes textos: Eclesiastés 2:26, Eclesiastés 9:7, Eclesiastés 2:1, Eclesiastés 5:20, Salmo 37:4, Eclesiastés 8:15, Eclesiastés 11:8, Deuteronomio 27:7, 1 Crónicas 12:40, Salmo 97:11, Salmo 119:24, Isaías 51:11, San Lucas 2:10, San Juan 15:11, 2 Corintios 1.24, Filipenses 4:4, 1 Pedro 1:8-9, 3 Juan 3-4, 2 Corintios 1:24, Filipenses 4:4, 1 Pedro 1:8-9, 3 Juan 3-4.
2) A partir de las palabras subrayadas en el Salmo 100, tenga un tiempo de ministración al Señor: “Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra. Servid a Jehová con alegría; Venid ante su presencia con regocijo. Reconoced que Jehová es Dios; El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; Pueblo suyo somos, y ovejas de su prado. Entrad por sus puertas con acción de gracias, Por sus atrios con alabanza; Alabadle, bendecid su nombre. Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, su verdad por todas las generaciones.”

BIBLIOGRAFÍA.
1) Watchman Nee, “El Evangelio de Dios”; Living Stream Ministry; Anaheim, California, U.S.A.; 1994.
2) http://www.iglesiaelim.org/news4.htm

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